lunes, 17 de octubre de 2016

El efecto contraproducente: cuando sabes que tienes la razón pero tus argumentos no convencen al otro


Es posible que te haya ocurrido en alguna ocasión (o a un amigo de un amigo). Leyendo en Internet un tema cualquiera te das cuenta de que alguien está completamente equivocado en su razonamiento. Lo tienes tan claro que no puedes evitar entrar en la discusión.
Tu exposición es tan precisa que apenas hay margen a la duda: enlaces a datos, a investigaciones, cifras recientes, vídeos, citas de prestigiosos eruditos sobre el tema… y resulta que tus argumentos no sólo no convencen al tipo que ha cometido el error de bulto, sino que lo han reforzado en su posición. Bienvenido al efecto contraproducente.
Probablemente hace cientos de años el filósofo griego Epicteto diera en el clavo con muchas de estas situaciones. El hombre venía a decir que es imposible enseñar a una persona algo que cree saber ya. Claro que hablamos de hace mucho tiempo, nada que ver con las posibilidades que tenemos hoy y en cuestión de minutos para abordar cualquier tema con la verdad y nada más que la verdad que nos ofrece la red.
Entonces, ¿cómo puede ser que se produzca tal efecto? ¿cómo puede estar la gente tan ciega?
Pongamos ejemplos más cercanos que nos pueden tocar a todos. El otro día me comentaba un amigo que no entendía la política en España. Mi amigo es británico y me decía que de lo poco que sabía en los últimos años en la materia sobre el país, creía tener bastante claro que el gobierno actual tenía abiertos varios casos de corrupción. Su siguiente pregunta fue tan clara como difícil de responder para mi: ¿Cómo puede ser que cuantos más casos de corrupción van apareciendo, la tendencia en España es volver a votar al mismo gobierno?


Sin entrar en debates sobre política en España, porque es un ejemplo personal y no se trata de eso, la misma cuestión la podríamos trasladar a hechos que una gran mayoría creen absolutamente como ciertos o verdaderos. Si me guiara por los razonamientos de mi entorno, de las personas más cercanas que conozco, el mundo se ha vuelto loco. ¿Qué le pasa a los británicos tras el Brexit? ¿Se han vuelto racistas? ¿cómo puede ser que Donald Trump haya llegado siquiera a candidato a la presidencia de los Estados Unidos? ¿cómo le puede gustar a alguien Justin Bieber? o quizá uno de los grandes misterios. ¿cómo demonios puede haber alguien que prefiere la tortilla sin cebolla?


Todas estas cuestiones tan importantes en mi mundo cercano tienen unas creencias muy arraigadas bajo el pensamiento de que están en posesión de la verdad. Ocurre que desde ese prisma, la otra mitad o parte de la población está realmente ciega y equivocada. Algunas de estas cuestiones ha dado lugar en los últimos meses a grandes discusiones y debates encendidos en Internet y en los medios de comunicación, todos acompañados de cientos de datos y cifras que deberían demostrar lo erróneo de unos o de otros.
Y sin embargo, el resultado es el mismo. Quizá no somos tan listos y tenemos una idea falsa y preconcebida de que cuando unas creencias son desafiadas con hechos, alteran las opiniones e incorporan la nueva información en su forma de pensar. Y quizá y solo quizá, la verdad sea más cruda. De ser así, cuando las convicciones más profundas de cada individuo son desafiadas por una evidencia contradictoria, sus creencias se acaban haciendo más fuertes.
Esto es el efecto contraproducente y hace varios años lo pusieron a prueba varios investigadores.

Dime la verdad para que no te crea



Alabama. AP Images

En el año 2006 los investigadores Brendan Nyhan y Jason Reifler, de la Universidad de Michigan y la Universidad de Georgia respectivamente, crearonuna serie de artículos de prensa falsos sobre cuestiones políticas polarizantes. Dichos artículos fueron escritos de manera que confirmarían un error muy extendido acerca de ciertas ideas de la política estadounidense. De esta forma, tan pronto como una persona leía uno de estos artículos falsos, a continuación los investigadores publicaban un artículo verdadero que corregía al primero.
Un ejemplo: uno de los escritos venía a sugerir que Estados Unidos había encontrado armas de destrucción masiva en Irak. Poco después lanzan el segundo artículo donde venían a corregir el primero diciendo que jamás las habían encontrado, lo que parece ser la verdad.


¿Qué ocurrió? Que aquellos que se oponían a la guerra o tenían fuertes tendencias liberales tendían a estar en desacuerdo con el artículo original y aceptar el segundo. Por el contrario, aquellos que apoyaron la guerra de Irak se inclinaban por la “verdad” del primer artículo y no creían el segundo. Los conservadores, después de leer que no habían armas de destrucción masiva, indicaron que tras los artículos estaban más seguros que antes de que, efectivamente, existían armas de destrucción masiva y por tanto sus creencias originales eran correctas.
El experimento se repitió con otros temas como la investigación de células madre o la reforma fiscal en el país... y los resultados fueron iguales. Tras las correcciones, aquellos que creían en el artículo original tendían a aumentar sus ideas erróneas si dichas correcciones entraban en contradicción con sus ideologías. Ambos grupos leían los mismos artículos y las mismas correcciones, y cuando la evidencia era interpretada como una amenaza a sus creencias, esta se venía abajo. Los investigadores lo explican así:
Una vez que algo se añade a la colección de creencias, uno lo protege de cualquier daño. Lo hace por instinto e inconscientemente cuando es confrontado con una actitud de información incoherente. Así como el sesgo de confirmación te escuda cuando buscas información activamente, el efecto contraproducente te defiende cuando la información te busca, cuando llega a tus puntos ciegos. Yendo o viniendo, uno se atiene a sus creencias en lugar de cuestionarlas. Cuando alguien trata de corregirte, trata de diluir tus conceptos equivocados, tiene el efecto opuesto y en cambio los refuerza. Con el tiempo, el efecto contraproducente ayuda a que uno sea menos escéptico de esas cosas que le permiten seguir viendo sus creencias y actitudes como veraces y apropiadas.


G8 en el 2013. AP Images

De igual forma, las personas creemos lo que refuerza nuestras creencias. Los psicólogos hablan de ellas como historias que dicen lo que la persona quiere oír. Hay personas que creen que Obama no nació en Estados Unidos, que Elvis sigue vivo o que Hitler no era humano, y lo hacen porque esas historias protegen sus ideologías, por tanto las aceptan y siguen de largo. Intenta hacerles cambiar de opinión y verás que su mundo se hace más grande y el tuyo entra en crisis.
Y en Internet ocurre lo mismo. Las pequeñas batallas que podemos librar diariamente tienen un patrón similar. Cada bando ataca con sus pruebas para respaldar sus posiciones hasta que muy posiblemente, uno de ellos salga de la refriega cansado o por simple dignidad.


Si algo ha quedado claro estos años a partir de los estudios sobre el efecto contraproducente es que nunca (o muy pocas veces) se puede ganar ciertas discusiones online que atacan a las creencias más arraigadas. Cuando uno empieza a sacar datos, cifras, enlaces o citas, en realidad está haciendo que su oponente esté más seguro de su posición que antes de comenzar el debate. El efecto empuja profundamente a los dos en sus creencias originales.
Los psicólogos dicen que entre las causas tiene que ver con el complejo de persecución. Como decíamos al principio del artículo, uno entra al debate porque están atacando a nuestras creencias o conocimientos, muy pocas veces lo hace cuando es un comentario que dice lo que ya creemos saber. Y la gente de todos los colores se defienden ante cualquier cruzada contra sus creencias (el ejemplo más claro lo tenemos en la religión).


Mapa de nuestra mente. Wikimedia Commons

Desgraciadamente, no hay solución para rebatir el efecto. Los psicólogos continúan estudiando el asunto, aunque también apuntan algunas maneras para luchar contra el efecto, y por tanto, para llevar a la otra persona hasta tu punto de vista.
Se trata de sentido común. En un debate, cuanto más acalorado, menos posibilidades hay de que el otro permita entrar a nuevas creencias. Saber esperar y conseguir mostrar a tu oponente cómo parte de tu argumento le puede beneficiar personalmente, podría abrir una grieta en sus ideologías.
Por supuesto, lo más importante y algo que jamás deberíamos olvidar es que nosotros mismos somos tan vulnerables al efecto como nuestro oponente. Así que cuidado… y asegúrense de que no acaban siendo finalmente las víctimas de una evidencia que parezca contradecir tus ideas preconcebidas.
Y es que no hay nada peor y más frustrante que darse cuenta que uno estaba equivocado.
Gizmodo

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